los 12 frutos del Espíritu Santo

Los 12 frutos del Espíritu Santo

Dedicamos una pequeña reflexión en torno a los 12 frutos del Espíritu Santo. Sabemos que la realización de la vocación universal a la santidad no es una tarea sencilla pero contamos con la asistencia, sobreabundante, de un Dios que te creó, te redimió y ahora te quiere santificar. ¡Vamos con ello!

Diferencias entre los 7 dones y los 12 frutos del Espíritu Santo

Ya sabemos que, a parte de los 12 frutos del Espíritu Santo, existen los 7 dones y, por esa razón, queremos hacer una distinción para poder diferenciarlos y delimitarlos como corresponden.

7 dones del E.S.12 frutos del E.S.
Habilidades que el ES otorga a los creyentes para su vida espiritual y el servicio a los demás.Virtudes que se desarrollan a lo largo de la vida como resultado de la acción del ES.
Los 7 dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. (Is 11, 1-2)Los 12 frutos: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad.
(Ga 5,22-23)
Son una manifestación del poder y la presencia de Dios en la vida de los creyentesSon el resultado natural de una vida guiada por el Espíritu Santo y reflejan el carácter de Cristo en la vida del creyente
Se otorgan de forma gratuita y son recibidos por los creyentes en el sacramento del bautismo y en el sacramento de la confirmaciónSon evidencia de la presencia del Espíritu Santo en la vida del creyente y son cultivados a lo largo del tiempo a través de la práctica de una vida espiritual disciplinada y de una relación íntima con Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica (CEE), en su número 1832, señala que “los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna”. Por eso, vamos a dar un paso más y hablar de ellos como primicias de la gloria eterna.

Los frutos del Espíritu Santo como perfecciones de la gloria eterna

Como Ser supremo y perfecto, Dios es la fuente y el modelo de todas las virtudes y cualidades que encontramos en los frutos del Espíritu Santo, por esa razón son perfecciones propias de la Gloria Eterna.

Ahora vamos a ir hablando sobre cada uno de los 12 frutos para comprenderlos mejor desde este punto de vista que estamos analizando:

Caridad

La caridad es el fundamento propio de la naturaleza divina y es el vínculo perfecto que une a los creyentes con Dios y entre sí. Sabemos por San Juan que Dios es amor (1 Jn 4,8). En la gloria eterna, el amor alcanzará su plenitud, ya que estaremos completamente inmersos en el amor de Dios y experimentaremos una comunión perfecta con Él y con nuestros hermanos.

Por tanto, el primer fruto del Espíritu Santo es una manifestación directa de la naturaleza amorosa de Dios

Gozo y Paz

El gozo y la paz, dos frutos del Espíritu Santo, son atributos que emanan de la presencia y el poder de Dios en nuestras vidas. En la comunión con Dios, encontramos un gozo y una paz que trascienden las circunstancias terrenales.

El gozo y la paz serán experimentados en su plenitud en la gloria eterna, donde no habrá más dolor ni sufrimiento, sino un gozo y una paz eternos en la presencia de Dios. Muchas veces hemos escuchado decir aquello de “la esperanza es lo último que se pierde” y tiene mucho sentido teológico. La esperanza, por ejemplo del que sufre una dolorosa enfermedad, no solo reside en la eficacia de la medicina sino en aquel gozo y aquella paz que se experimenta en el cielo.

Paciencia y Longanimidad

La paciencia y la longanimidad son frutos que reflejan la infinita paciencia de Dios hacia nosotros. A pesar de nuestras fallas y pecados, Dios nos muestra su gracia y misericordia, permitiéndonos arrepentirnos y volver a Él.

Estas virtudes nos capacitan también para soportar las pruebas y tribulaciones de esta vida con confianza en la providencia y la gracia de Dios. En la gloria eterna, la paciencia y la longanimidad serán recompensadas con la entrada en el pleno reposo de Dios. Nosotros debemos esforzarnos en vivir sin olvidar que existe el cielo, que existe la vida de plenitud.

Por esa razón, las barreras de la vida no puede dominar nuestras emociones. Claro que se llora, y se ríe, y se salta de gozo y se experimenta una profunda tristeza y desazón; pero las emociones no nos dominan porque el gozo eterno lo es todo en comparación con las tribulaciones de hoy.

Bondad y Benignidad

La bondad y la benignidad son atributos divinos que se manifiestan en la creación y en la provisión continua de Dios para sus hijos. Él nos muestra su bondad al proveer para nuestras necesidades y al mostrarnos compasión y misericordia. Dios crea y sostiene en la existencia su obra creadora.

Estas cualidades nos capacitan para vivir vidas santas y piadosas en este mundo caído y concupiscente. En la gloria eterna, la bondad y la benignidad serán recompensadas con la participación plena en la santidad y la perfección de Dios.

De hecho, ¿cómo vivir de otra forma sino como experimentamos que es Dios con nosotros? Así, la bondad y benignidad son tan propias de Dios que, de hecho, solo actúa movido por ellas.

Mansedumbre

La mansedumbre es una cualidad que refleja la humildad de Dios. A pesar de su grandeza y poder, Dios se humilla a sí mismo para servirnos y salvarnos, y nos llama a imitar su ejemplo de humildad y servicio. Recordemos las palabras del Señor: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

La mansedumbre nos capacita para someternos a la voluntad de Dios y para tratar a los demás con humildad y comprensión. En la gloria eterna, la mansedumbre será recompensada con la entrada en el reino de los cielos, donde reinan la justicia y la paz. “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5,4).

Fidelidad

La fidelidad es un atributo fundamental de la naturaleza de Dios. Él es fiel a sus promesas y a su pueblo, y nos llama a ser fieles a él en todas las circunstancias. “Él es la Roca, sus obras son perfectas, sus caminos son justos, es un Dios fiel“. (Dt 34,4). A lo largo de la historia de la salvación, Dios no se muestra de otro modo que fiel a la promesa de Abraham que alcanzará su plenitud en Cristo: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19).

La fidelidad nos capacita para permanecer firmes en nuestra fe y en nuestra devoción a Dios incluso en medio de las pruebas y tentaciones. En la gloria eterna, la fidelidad será recompensada con la entrada en la plenitud de la comunión con Dios y con nuestros hermanos en la fe.

Modestia, Continencia y Castidad

La modestia, la continencia y la castidad son virtudes que reflejan la pureza y santidad de Dios. Él nos llama a vivir vidas santas y piadosas, reflejando su carácter en todas nuestras acciones y decisiones.

Por esa razón, qué importante es entrar en comunión con Jesucristo, Dios encarnado, para poder integrar en nuestra vida limitada estas capacidades propias del orden sobrenatural al que hemos sido colocados por la gracia bautismal.

Estas virtudes nos capacitan para vivir vidas puras y santas en este mundo caído. En la gloria eterna, la modestia, la continencia y la castidad serán recompensadas con la participación plena en la santidad y la pureza de Dios.

Los frutos del Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna

Los frutos del Espíritu Santo pueden ser comprendidos como primicias de la gloria eterna que aguarda a los creyentes en el cielo. Es decir, la experiencia de los frutos en nuestra vida es una experiencia de la vida en el cielo. Por eso, cada uno de estos frutos no solo refleja una perfección de Dios sino también una perfección a la que estamos llamados y que, por gracia, podemos experimentar ahora de forma participada.

Caridad

La caridad se manifiesta en la tierra a través del amor desinteresado y la compasión hacia los demás. Experimentamos el amor de Dios en nuestras vidas al amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, perdonando, sirviendo y mostrando compasión. Y, también, cuando nosotros mismos somos el objeto de amor de los demás. Porque no solo consiste en amar sino en dejarnos amar, en ser sujeto y objeto del amor propio de Dios para hacerlo presente en medio de nuestra existencia terrenal.

Gozo y paz

Experimentamos el gozo y la paz del Espíritu Santo aquí en la tierra cuando encontramos satisfacción y serenidad en nuestra relación con Dios y con los demás, incluso en medio de las dificultades y desafíos de la vida. Para ello, es muy importante elevar siempre la mirada a un orden sobrenatural, que no sea solo el mundo y sus cosas sino también, y por encima de ellas, Dios y las suyas. Apartando, por tanto, una mirada meramente terrenal de nuestra vida, ¡cuánto gozo y paz podremos experimentar YA, sabiendo que para Dios nada hay imposible!

Paciencia y longanimidad

La paciencia y la longanimidad nos capacitan para perseverar y soportar las pruebas y tribulaciones de la vida con confianza en la providencia de Dios. Nos ayudan a mantenernos firmes en nuestra fe y en nuestro compromiso con Dios y con los demás, incluso cuando enfrentamos dificultades.

No deambular entre el quiero, puedo o debo. ¿Qué respuestas suele haber tras un quiero o no quiero, puedo o no puedo, debo o no debo? Nosotros somos hijos de la libertad que Dios nos ha concedido como un don gratuito de su infinita misericordia. Elegimos y, por tanto, no nos atamos. Ahora, aquello que eliges es aquello en lo que te comprometes.

Bondad y benignidad

La bondad y la benignidad se manifiestan en actos de generosidad, compasión y servicio hacia los demás. Experimentamos la bondad de Dios en nuestras vidas al mostrar bondad y compasión hacia aquellos que nos rodean, especialmente hacia los más necesitados.

Porque aunque el mundo sea individualista y viva ajeno a lo que sucede en su entorno; aunque seamos capaces de escribir un bonito mensaje en una red social, no podemos silenciar tantos dones como tenemos y que Dios nos ha concedido TAMBIÉN para beneficio de la comunidad: de tu familia, amigos, grupo de trabajo, pobres, etc…

Mansedumbre

La mansedumbre nos capacita para someternos a la voluntad de Dios y para tratar a los demás con humildad y comprensión. Experimentamos la mansedumbre del Espíritu Santo en nuestras vidas al buscar la paz y la reconciliación en nuestras relaciones con los demás, y al someternos a la dirección y el control de Dios en nuestras vidas.

Fidelidad

La fidelidad se manifiesta en nuestra lealtad y compromiso con Dios y con su Palabra. Experimentamos la fidelidad de Dios en nuestras vidas al permanecer firmes en nuestra fe y en nuestro compromiso con él, incluso en medio de las pruebas y tentaciones. Porque la prueba queda vencida por su misericordia, y Él, que es fiel, nos comunica y enseña su fidelidad a través de su amor y perdón.

No podemos obviar que el maligno también saber jugar sus cartas. De hecho, en un mundo tan desacralizado, ¿no crees que el demonio campa a sus anchas? Por eso, hoy -como siempre- el hombre necesita renovar diariamente su fidelidad y compromisos con Dios, con su familia, con el prójimo. La vida es una y qué hermoso será llegar de aquí a un tiempo, echar la mirada atrás y poder dar gracias a Dios por habernos mantenido fieles.

¿A qué soy fiel? ¿soy fiel a Dios o soy fiel a los apetitos de mi carne? ¿acaso mi carne no tiene necesidad de Dios? Los que me rodean y necesitan ¿vivo en fidelidad a ellos o me preocupo antes de mí? ¿soy, entonces, fiel a mí y a mis caprichos antes que a las necesidades de los que me rodean?

Modestia, continencia y castidad

Estas virtudes nos capacitan para vivir vidas puras y santas en este mundo caído. Experimentamos la modestia, la continencia y la castidad del Espíritu Santo en nuestras vidas al vivir en pureza y rectitud, y al honrar nuestros cuerpos como templos del Espíritu Santo.

“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8); para un creyente no hay mejor motivación que la promesa de ver a Dios. ¿Realmente quieres ver a Dios? Es la mejor pregunta que te puedes hacer en el momento de la tentación.

Conclusión

Al reflexionar sobre cada uno de estos frutos, podemos ver cómo cada uno nos capacita para vivir de manera auténtica y plena, en armonía con la voluntad de Dios y en servicio a los demás. Pero es importante recordar que estos frutos no solo son una promesa de la gloria eterna que nos espera en el cielo, sino que también son una realidad presente en nuestras vidas aquí y ahora.

Por lo tanto, que cada uno de nosotros se esfuerce por cultivar estos frutos en nuestra vida diaria, permitiendo que el Espíritu Santo nos transforme y nos guíe en el camino hacia la plenitud de la vida eterna en comunión con Dios. Que nuestra búsqueda de la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la mansedumbre, la fidelidad, la modestia, la continencia y la castidad nos lleve cada día más cerca del corazón de Dios y de la gloria eterna que nos espera en su presencia.

3 comentarios

    1. Hola. Ahora mismo estamos preparando contenido sobre los pecados capitales. Seguro que cuando terminemos podremos valorar hacer una reflexión sobre los 7 dones del Espíritu Santo. Gracias por el comentario. Que Dios te bendiga.

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